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Me encanta 227165

Ignacio es banquero y acaba de cumplir treinta y cinco años. Se casó hace nueve con Zoe, no tienen hijos y viven en una casa muy bonita en los suburbios. Dispone de suficiente dinero para pagar sus caprichos y los de ella. Trabaja duro: sale de casa muy temprano, cuando Zoe duerme, y suele regresar de noche. En realidad, le gusta estar en el banco y multiplicar su dinero.

Así pues, esta filosofía de la biografía, mi camino mental construido con ahínco, es lo que siempre quise hacerte comprender, aun a riesgo de ganar el desprecio que, en ocasiones, manifestabas, incurriendo en desplantes, en huidas interiores que ni el dorso de mi mano derecha, tan recia, era advertido de enmendar. Lo nuestro fue aparte, pese a tu empeño en situarme siempre, mediante gritos y un bochinche digno del dueño de un acémila de carga, en esa categoría a la que, por derecho propio, jamás pertenecí. Era como una prolongación del castigo, porque no podía ceder a la piedad. Pero los eslabones, esta vez, eran tus anteriores ruegos, y por ti, sólo por ti, no trituré a esos infelices que empañaban con sus escrutinios tu silueta de carnes apretadas bajo el vestido. Casualidad el aburrimiento que creaba a su alrededor dicho engendro fue uno de los motivos por los que después hice lo que hice, que el tedio transforma los nervios, y que es el caso especial que ocupa ahora mi atención, que provino —el origen del caso, claro— de individuo de los comensales, un títere de colmillos afilados, como un lobo que había venido a la caza de la hembra solitaria, y que se llamaba, no lo olvidaré, Juan Luis Codillo, alias depredador y subnormal, licenciatura en la universidad de los robanovias. Pero un sexto sentido me dijo que, si abandonaba la lucha, perdería la oportunidad para siempre, y pensé que quién coño de imbécil época el que se iba a entremeter entre mis deseos —que se forjaban a la vez que el amor, supongo— y los logros cercanos, tan próximos como unos centímetros, y el tipo susurró algo del estilo a que sería tu futuro novio, y te reíste pero sin muchas ganas, eso me consta, y el guaperas, concluí, va a caer en cuanto se me antoje. Sin prisas, empero va a ocurrir esta noche. Fachada a mí tenía sentada a la piba horrorosa del grupo, olvidado su nombre un instante después de la presentación, y no se trató de un descuido, de un olvido automático o una jugarreta de la cabeza, sino que, tras la visión de un rostro desagradable, tiendo a enterrar la información asociada al mismo al cuarto trastero de la memoria, esto es, que a mi ego le importa un huevo cualquier componente relacionado con una mujer no agraciada, con lo que no puedo evocar nadie de sus rasgos aunque deambulen por un rincón de mi cerebro. Sin embargo, de los hombres a los que odio o que un fecha fueron buenos amigos, sí tengo enseñanzas, aunque sea imperfecto.

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